jueves, 16 de mayo de 2013

Llamas y Sangre. (III)


Clink. Clank. Clank.
Metal contra metal. La espada del jinete caía una y otra vez sobre el hacha que aún empuñaba Hamal, obligándole a retroceder hacia el círculo que habían formado sus compañeros. Ambos filos estaban ya mellados por los choques, pero no era el momento de preocuparse por eso. Los licántropos tenían suficiente con mantenerse lo más alejados posible de las armas enemigas. Aquellos hombres, icariontes o lo que fueran, sabían a lo que venían, pues todas sus armas habían sido metidas en plata fundida hasta la mitad. 
La defensa de los clanes estaba bien concebida. Dos círculos concéntricos. En el exterior, los licántropos, en sus diversas formas, defendiéndose con armas o con sus propias garras y colmillos. En el interior, los humanos, con armas largas y arcos, para mantenerse a una distancia más segura. Pero no parecía ser suficiente contra enemigos que podían moverse en cualquier dirección o pasar sobrevolándolos. La defensa exterior recibió una andanada de virotes. Algunos se clavaron en la tierra, quebrándose al ser pisados. Otros atravesaron piel y músculo y cayeron ensangrentados e inertes. Otros permanecieron clavados en brazos, piernas, torsos y espaldas, haciendo caer de dolor a los guerreros. 
La plata quemaba en contacto con su sangre. Ésta se volvía negra conforme la infección se extendía. Los músculos iban entumeciéndose y volviéndose pesados. La fiebre subía hasta el delirio. Pocos eran los que sobrevivían a heridas de plata. Ninguno lo haría esa noche, pues no había tiempo para sacarla de sus cuerpos y aplicarles los cuidados necesarios.
Sin embargo, todos los que pudieron levantarse tras la andanada lo hicieron. Los que empleaban su forma animal se dispersaron por la plaza, atacando a las monturas cuando se acercaban para que sus jinetes pudieran atacar a los que mantenían sus posiciones. Si conseguían que uno cayese al suelo, ya no tenía escapatoria.
Por desgracia para ellos, a pesar de que, cuanto más se alargaba el enfrentamiento, mayores eran las opciones de acabar con los jinetes al acabarse los proyectiles de las ballestas, el cansancio y las heridas añadían un peligro más a aquella noche. La Furia.
Hacía mucho tiempo que nadie había sucumbido a la desesperación y había liberado su bestia interior, aquella que apagaba su consciencia y únicamente se sentía satisfecha cuando cualquier rastro de vida a su alrededor se había extinguido bajo sus garras. Era su último mecanismo de defensa, su última oportunidad. Cuando la furia de un licántropo se desataba era puro instinto. No le detenía la sangre ni el dolor de sus heridas, atacaba guiado únicamente por la rabia y la imperiosa necesidad de sobrevivir y no distinguía a enemigos y aliados. Cualquier ser que se moviese era una amenaza y, como tal, debía ser eliminada. Al final, cuando se hallaba solo, bañado en sangre, cuando ya no percibía ningún peligro, caía en la inconsciencia hasta que volvía a despertar, incapaz de recordar qué había pasado y quienes habían caído a sus manos.

El primero en sentirla fue Lycos. La herida de su brazo se había infectado y ya se había oscurecido la piel hasta su hombro. Sudaba por todos sus poros a causa de la fiebre y la vista se le nublaba. Además, tres virotes se veían clavados en su cuerpo: uno bajo el pectoral derecho, profundo, disparado a bocajarro, los otros dos debajo, hacia su cadera, recibidos mientras caía a causa del primero. Se había levantado para seguir luchando, pero no podía soportarlo más. Estaba acorralado entre el muro de una casa en llamas y dos jinetes, que le acosaban con lanzas plateadas a lomos de sus monturas, mientras que él había perdido su arma y no tenía forma de recuperarla. Un aullido desgarrador que hizo sangrar su garganta y atrajo sobre sí un gran número de ojos. 
Por un instante, el tiempo parecía haberse detenido para que recrearse en el cambio experimentado por el cuerpo de Lycos. El muchacho, que pasaba por poco la veintena, siempre alegre y con el rubio cabello revuelto, cayendo sobre sus vivos ojos castaños, se retorcía, con la ropa hecha jirones y manchada de sangre oscura. Apretaba los dientes hasta que rechinaban y se pasaba las manos por el pecho, como si quisiera arrancarse la piel para poder respirar. Sus pulmones ardían intensamente y las entrecortadas bocanadas que lograba tomar cuando conseguía relajar la mandíbula eran insuficientes. Sus rasgos se afilaron, su piel quedó cubierta por un espeso pelaje, sus músculos se hincharon y su cuerpo se adaptó a una nueva y dolorosa morfología. Pero la diferencia la marcaban sus ojos. Seguían siendo castaños, pero lucían un tinte ambarino alrededor de la pupila. Miraban a todas partes, como si contasen cuántas vidas era necesario quitar. Cada bulto era una amenaza. No importaba si antes de aquel instante habían sido rivales o aliados. Todos iban a morir bajo sus garras y sus colmillos. La saliva cayó por el lateral de su boca cuando se lanzó al ataque.

—Corred, muchachos —apremió Orión, sin mirar hacia atrás, en su carrera, guiando a los más pequeños del clan hacia el Templo de Shyd.
En otro tiempo había sido un gran guerrero y un buen líder para los Argales. Ahora seguía manteniendo el mismo espíritu, pero los años ya no le permitían luchar con la misma agilidad que antes. No quería reconocerlo, pero así era. Y por ello se encontraba a la cabeza de la huida de los más pequeños hacia un lugar seguro, junto al lago central de la isla. La Dama de Plata les protegería, como siempre había hecho.
—Abuelo, los botes para cruzar el lago están por allí —el joven lobo castaño que corría a su lado giró su cabeza hacia atrás, levantando el hocico para señalar la dirección.
Los Argales siempre habían ido hasta el templo atravesando el lago para evitar poner un pie en Delfas. Sus clanes estaban enfrentados desde hacía tanto tiempo que ya nadie recordaba el verdadero motivo que aquella disputa, pero ninguno estaba dispuesto a renunciar a su orgullo y proponer la paz.
—No iremos por el lago, Viktor —respondió Orión, sin detenerse más que para comprobar que los demás le seguían—. Ahí seríamos un blanco demasiado fácil. Seguiremos por el bosque hasta el templo.
—¿Por Delfas?
—Ahora los clanes debemos estar unidos.
—Déjame volver. 
No recibió respuesta.
—Puedo luchar —insistió—. Y tú también. Eres el mejor guerrero que han tenido los Argales.
—Proteger a los demás ya es suficiente responsabilidad para los que estamos aquí.
Viktor paseó la vista por el heterogéneo grupo de humanos, híbridos y lobos. Le frustraba tener que quedarse cuidando cachorros mientras los demás peleaban. Había renegado todo el camino, al igual que los otros cuatro jóvenes que habían sido arrastrados hasta allí por los ancianos. 
—Pero... —iba a protestar una vez más, pero el seco gruñido del lobo gris le hizo callar, agachar las orejas, y continuar corriendo en silencio. 
En su interior, albergaba la esperanza de que, al llegar al Templo y tener a los demás al salvo, les llegaría a ellos la oportunidad de pelear. Aunque fuera codo con codo con los delfarios.

Los golpes se sucedían demasiado deprisa. Concentrado como estaba en su propia pelea, en resistir el dolor de sus heridas abiertas y, sobre todo, la plata que se escondía en su muslo derecho, Hamal no fue consciente de cómo los demás se apartaban del camino del furioso Lycos. Los ojos desorbitados del jinete le indicaron que algo ocurría tras él, pero no estaba en situación de girarse para comprobar de qué se trataba.
El pegaso se encabritó, asustado al ver venir hacia él la mole cubierta de pelo en que se había convertido Lycos. Tiró de su lomo al jinete con un largo relincho y se elevó volando para escapar de allí. Otras monturas le siguieron, algunas liberadas de su carga, otras peleando contra las órdenes de su jinete para que volvieran.
Hamal no desaprovechó la ocasión y dejó caer su hacha sobre el cuerpo tendido en el suelo, con toda la potencia de sus dos brazos y el impulso de su cuerpo. La sangre salpicó a su alrededor cuando degolló a su enemigo. Obedeciendo un impulso se giró para ver qué era lo que había hecho huir al pegaso, justo para ver a Lycos saltar hacia él desde una distancia cercana a los dos metros. Lo tenía encima y no tenía tiempo para reaccionar. Cayó bajo el peso del licántropo, sintiendo cómo el virote de plata se hundía aún más en su carne y cómo las afiladas fauces de la bestia hacían presa sobre el brazo que, en un acto reflejo, había levantado para protegerse.
La sangre y la saliva se mezclaron y cayeron sobre su rostro, impidiéndole ver con claridad. Gritó de dolor cuando sintió el chasquido del hueso y cómo se desplazaba.
Estuvo a punto de rendirse, de cerrar los ojos y dejarse devorar por la furia de Lycos, cuando, de repente, éste le soltó y echó la cabeza hacia atrás, con un largo aullido. Pudo entonces ver a Arioto a su lado, empujando la lanza que se perdía en el costado de su hermano. Todavía apresado por el peso de Lycos, Hamal buscó a tientas la daga que llevaba al cinto y que había caído al suelo, a pocos centímetros de su cadera. La clavó donde pudo, bajo las costillas. Fue sólo de refilón, pero lo suficiente para obligarle a doblarse y permitir a Arioto sacar la lanza de su costado y atravesarle con ella el cuello.
El cuerpo de la bestia convulsionó y cayó hacia el lado contrario al que estaba Arioto, a la izquierda de Hamal. La mancha de sangre iba creciendo a su alrededor conforme se iba desangrando, pero la herida que le había hecho Arioto había sido mortal.
—Arioto...
—Pelea —atajó éste, tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse, una vez liberado del peso de Lycos.
No era momento para llorar ni lamentarse, era el momento de luchar.

Estaban ya cerca. Podían ver a lo lejos, entre los troncos de los árboles, el claro que se abría al lago, donde se alzaba el Templo de la Loba Blanca. Un edificio sencillo y pequeño, de una sola planta, con muros de piedra y tejado a dos aguas. La parte trasera daba al lago y había un pequeño camino de tierra marcado en la hierba a fuerza de ser pisado por los argales. Se escuchaban gritos, la batalla debía de haber alcanzado incluso los alrededores del lugar sagrado que nadie se atrevía a mancillar.
Viktor se detuvo un instante, levantando las orejas y la cola y con los ojos fijos en un lugar entre la maleza. A pesar del jaleo le había parecido escuchar algo. Un llanto lastimero. Y un fuerte olor a sangre.
—Viktor —apremió Orión.
—Ahí hay alguien —sin dar tiempo a su abuelo a darle una negativa, saltó hacia el lugar del que provenía el olor para descubrir el cuerpo de una mujer sin vida sobre un charco de sangre. Levantó los ojos y vio un par de ramas rotas. Fuese quien fuese, había caído desde ahí arriba. Y por su aspecto, desde mucho más arriba. El llanto provenía de una niña pequeña, que se acurrucaba en el suelo, pegada al costado de su madre. Al escuchar llegar al lobo, le miró con unos enorme ojos, enrojecidos y llenos de lágrimas, suplicándole ayuda.
—Viktor.
El ladrido de Orión le instó a tomar una rápida decisión. Cogió a la pequeña de la ropa y la arrastró en volandas hacia el resto del grupo, al que tuvo que correr para alcanzar. Al verle llegar con la niña, el anciano decidió que no merecía un regaño y olvidó lo sucedido. Si podían salvar una vida más, mejor que una vida menos.

jueves, 28 de marzo de 2013

RP: Clyven vs. Kael.


Aquí subo un fragmento de una historia que hicimos en el foro de Héroes de Camelot, que me gusta particularmente. Estoy "enamorada" de este fragmento, porque creo que refleja muy bien cómo es Clyven por dentro.

Es una historia muuuuuuy larga, así que lo dejaré en un escueto resumen.
Clyven y Pallas se han visto obligados a enfrentarse a antiguos amigos para proteger a Niké, entrando al servicio de un brujo. Posteriormente, dado que la niña escapó, pudieron cambiar de bando, con la consiguiente tensión con aquellos que antes habían sido sus enemigos. A lo que hay que sumar que el líder del grupo, Kael, descubre que Clyven, tiempo atrás, compró a Leyren, su chica, en un mercado de esclavos. Lo hizo para liberarla, pero Kael, sólo conoce la parte en que la compró. Por ello ataca a Clyven.
La pelea es interrumpida y el malentendido aclarado, pero Kael aún guarda recelos Clyven y él deciden terminar la pelea.


-¡Rayo gélido! -exclamó Kael. 
El hechizo no era suficientemente potente como para causarle gran daño ni congelarle por completo, pero el chico había apuntado a sus botas y sus piernas pronto aparecieron aprisionadas, además de sentirlas frías como el demonio
-Tsk... Cobarde... -masculló girándose hacia él, justo para notar sus pies pegarse al suelo, envueltos en hielo. Ni corto ni perezoso, el lobo apretó los puños con fuerza, sus ojos se volvieron ambarinos y un espeso pelaje negro cubrió su cuerpo.
Al ver el cambio de Clyven, Kael retrocedió un paso; aferrando su vara y con frustración en la mirada. 
-¿Yo soy el cobarde? -dijo al observar cómo se transformaba en lupino. 
No era algo que hubiera esperado, ni que considerase justo, de una pelea "amistosa". Aún así, no se iba a amilanar por eso; pero veía las cosas peor, sin estar descansado
Pero en ese momento, después de que el hielo que atrapase sus piernas se rompiese, la transformación comenzó a revertir. Al principio no estaba seguro de si era así, porque no la había observado con la frecuencia necesaria como para distinguir la dirección del cambio. Cuando comprendió que la transformación y detransformación del hombre lobo habían sido para romper el hielo que apresaban sus piernas, Clyven ya estaba libre. 
-Eso no podría detener ni a mi hija a sus seis años -gruñó dando un par de pasos hacia él-. ¿Con eso piensas enfrentarte a Falon? ¿A Sheil? ¿A Arnagur? Suicídate y nos ahorramos el viaje.
El chico aferró su vara con fuerza pero se obligó a mantener la calma, intentando pensar la mejor estrategia para vencerle sin usar hechizos demasiado devastadores. No quería realmente hacerle daño, y Leyren y sus compañeros se lo reprocharían probablemente.
"Tengo que resistir sus golpes, o esquivarlos, y seguir golpeándolo con magia", pensó
Alzó su vara al cielo, su extremo brilló y lo apuntó hacia él. Una serie de proyectiles mágicos volaron en su dirección. 
Eran demasiados para esquivarlos todos, por lo que alguno le dio; pero su daño era menor que el de la bola de fuego anterior. Probablemente pretendía desgastarlo, más que fulminarlo, pensó el lobo. Clyven continuó avanzando hacia el mago, con el ceño fruncido.
-¿Eso es todo lo que tienes? -rodó por el suelo para evitar los proyectiles y pudo esquivar la mayor parte, y fingió ignorar el dolor que le produjeron los impactos-. No es suficiente para ganar esta batalla. Debí acabar contigo en aquella torre en lugar de montar toda esta pantomima para acercarme a vosotros... ¿De verdad has creído ese cuento de que era Sheil quien te torturaba? 
El chico frunció el entrecejo al oír tal cosa, y por un momento su cara reflejó sorpresa al entender lo que quería decir. De inmediato se lo negó internamente, pero por unos instantes dejó de atacar. 
Había conseguido confundirlo un instante, en que el lobo había llegado hasta él. Antes de poder reaccionar, lo cogió de la ropa y lo levantó en vilo. 
-Dime, chico, ¿Qué vas a hacer? No puedes conmigo... Estarás agotado antes de matarme... Ya apenas tienes fuerzas... ¿Y tú eres el que va a proteger a Leyren? -lo dejó caer con desprecio-. Yo no la salvé para esto. 
Aquello lo molestó; apretó los dientes y fue a golpear la cara del lobo con el extremo de su vara: esperaba que no esperase un ataque físico por su parte. 
Y Clyven no lo esperaba, pero era más alto y mas rápido que el, y tenía mejores reflejos; por lo que pudo evitar el golpe en la cabeza y hacer que le diese en el hombro, contraatacando con un fuerte empellón. 
-Si esto es todo lo que tienes, ha sido un error luchar contigo. No estás a la altura, ni de mí, ni mucho menos de Falon... 
Gruñó, algo harto de las acusaciones de Clyven, quemado aún por todo lo anterior; y decidió cerrarle la boca. Se teletransportó varios metros lejos de él, a su espalda para confundirlo y darle más tiempo; y sin apartar la vista de él comenzó a recitar a toda velocidad una letanía. Si se trababa, le costaría otro golpe; pero esperaba conseguirlo.

Clyven esbozó una media sonrisa y se giró buscando al mago, hasta que lo encontró. 
- Vamos, niño, demuéstrame que eres un hombre -murmuró para sí, sin atacar, dando tiempo a que Kael acabase su ataque.
El chico no se preguntó por qué no le atacaba inmediatamente, y una vez terminó su cántico, posó una mano en la tierra. Durante un instante nada ocurrió. 
Al momento después, un montículo se alzó frente a Clyven; como si del suelo saliese una burbuja compacta de tierra. El lobo retrocedió con precaución, viendo cómo una especie de enorme gusano de tierra se alzaba ante él, le miraba con sus inexistentes ojos, y se lanzaba a por él. 
Tan perplejo estaba que no lo esquivó totalmente, y el golpe que recibió en el costado fue brutal. Rodó por el suelo aguantando el dolor como experto luchador que era, pero sabiendo que un golpe directo le habría partido varios huesos. Apenas se levantó, aquello volvió a lanzarse contra él; pero sus reflejos y su velocidad eran los de un depredador: lo esquivó. 
Vio que aquella cosa metía la "cabeza" en la tierra y todo el cuerpo se fusionaba con el suelo, sin en ningún momento llegar a ver si tenía una cola. Surgió de su otro lateral, y de nuevo lo esquivó. De pronto y antes de poder girarse, notó un brutal golpe en la espalda, que lo envió contra el suelo mientras al parecer aquella cosa desviaba su trayectoria. Por un momento pensó lo desagradable que habría sido que lo atravesara. 
Con las costillas doloridas, se levantó de inmediato; y al alzar la vista sus ojos se toparon con el lejano muchacho. Justo antes de otro ataque lo vio mirarle con la mano aún apoyada en el suelo; sin embargo, el detalle importante era el sudor de su frente y su respiración jadeante. Parecía que un hechizo así lo agotase a cada momento que pasaba. 
Si resistía lo suficiente, el chico lo disiparía. 
No era fácil. Aquella cosa era rápida y salía de cualquier lugar a su alrededor; le era imposible predecir sus movimientos. Se atrevió a dar un derechazo a la cabeza que le lanzaba contra él: la fuerza del lobo parecía ser mayor que la de la criatura de tierra, que cambió su trayectoria y fue hacia el suelo; pero en el momento del impacto notó crujir desagradablemente sus nudillos, y extenderse un increíble dolor que le informó de los daños que su propio puño había sufrido. Cuando volvió a atacar por un lateral, lo esquivo y atacó la cola que seguía a la cabeza una vez ésta pasó…
… y vio que la tierra se rompía como terrones secos al rozarlo con el puño. 
Se quedó perplejo un momento; antes de comprender que la parte que impactaba era mucho más dura que el resto. Sonrió para sí, afianzó los pies sobre el suelo y esquivó el siguiente embiste; y de inmediato estuvo listo para cargar con su puño ileso contra el lomo de la criatura mágica. 
Cuando su golpe atravesó aquel cuerpo, la parte que golpeó se deshizo; y de pronto todo lo demás también. Giró la vista y vio al chico arrodillado, con las dos manos apoyadas en el suelo y jadeando. El largo combate y el último golpe no le habrían permitido mantener aquello por más tiempo. 

Lo había herido, aunque no lo dejaba traslucir. Se alzó al constatar que la criatura no volvía y clavó sus ojos en él. 
-Mírate. No tienes ninguna oportunidad.
Kael alzó la vista. Sus serias palabras no parecían una pulla, sino más bien una constatación. El chico frunció el entrecejo, molesto, y agarró su vara antes de levantarse. Parecía haber recuperado un poco el aliento. 
-¿Qué haces aquí? Tendrías que estar en tu casa con tus libros de brujería. No eres más que un crío que intenta jugar con los mayores. Esto está totalmente fuera de tu liga. Me daría igual si fueras tú solo, pero pretendes llevarte a Leyren y a los demás… Y se los van a cargar por tu culpa. No puedes protegerlos. 
-Cállate -respondió el muchacho.
Su respiración estaba agitada; en parte por la pelea, pero en parte por sus palabras. Aquello atacaba contra todas las dudas que había estado teniendo, y oírlo desde fuera parecía aún más real. 
"En ningún momento he podido protegeros a todos", recordaba sus propias palabras, "No puedo cuidar de mí mismo; ¿cómo voy a escudaros frente a Arnagür, mientras lo ataco con Hyandel, mientras estoy pendiente de que todos estéis bien, de que Leyren esté bien; e intentando que Arnagür y Falon no me maten por el camino…?
-Me callaré cuando me salga de los cojones, niñato -respondió el lobo con todo su desprecio. 
Se estremeció de ira al oírle llamarle niñato una maldita vez más. 
-Tú no eres quién para darme órdenes, ni a mí ni a nadie -continuó-. No sé por qué demonios te han dejado ser hasta ahora líder de nada, pero no has dejado de hacer el idiota. 
"Yo no soy un buen líder. No tengo experiencia, ni poder, ni habilidades…" 
-Un líder debe proteger a los suyos, mantenerlos unidos para alcanzar la victoria, conocer las habilidades de cada uno de los miembros de su grupo y cómo aprovecharlas. Y tú sólo te comportas como un niño llorón que pretende huir cuando se da cuenta de que las cosas se ponen de verdad difíciles o luchas dando palos de ciego, como ahora. No te importa lo que le ocurra al elfo, ni a Namarië. Ni siquiera a Leyren y se supone que sientes algo por ella. Ja. Valiente líder -rezongó. 
Kael apretó los puños con fuerza, negando todo aquello internamente; pero sabiendo que parte de sí dudaba en todos aquellos aspectos. 
-Hace horas que podías haber acabado conmigo con algo tan simple como transportarte, coger la daga de Pallas y transportarte de nuevo para clavármela. Dos hechizos, Kael -explicó remarcando su nombre, para hacerle ver que le hablaba en serio-. Con sólo dos hechizos podrías haber ganado esta batalla. En cambio te has dedicado a desgastarte, atacándome sin ton ni son con mil hechizos que, como deberías haber sabido, no podrían conmigo. Y no porque no me hagan daño, sino porque deberías haber deducido que con los años que llevo viviendo con una bruja, algo habré aprendido sobre como evitar o contrarrestar los más sencillos o al menos estar preparado para sus efectos y adaptar mis fuerzas a ellos. Y porque soy mucho más fuerte y resistente que tú. No tengo más que dedicarme a evitar tus ataques y tú solito me darás la victoria. 
"Yo no intento matarte, maldita sea", pensó al oír la referencia a la daga de plata. 
Pero supo que había estado dando palos de ciego toda la batalla. Nunca había estudiado cómo luchar contra un licántropo sin plata, y no había sabido qué hacer sino ir probando cosas que realmente no le hicieran arriesgar demasiado… 
-Pero no tienes en cuenta esos detalles. Tratas de controlarme en mi terreno en lugar de llevarme al tuyo y no dejarme ni respirar. ¡¡No observas!! ¡¡No piensas!! Ni sabes aprovechar tus habilidades ni conoces de verdad a los tuyos. Para ti sólo son peones prescindibles, alguien que han puesto a tu lado para parar tus golpes y que te siguen únicamente porque se les ha ofrecido un puñado de monedas, ¿me equivoco?
Lo miró de arriba a abajo, crítico, comparándolo con quien, para él, reunía todas las características de un líder: Víktor.
-¡Eso no es cierto!-se defendió Kael, furioso por la repentina elocuencia del licántropo-. Tú no sabes nada. Puede que en un principio fuese así, pero las cosas han cambiado. 
-No, Kael. Aquí lo único que ha cambiado es que ahora tienes dos enemigos menos; pero tu actitud de niñato mimado sigue presente. Sé un hombre. Demuestra que tienes cojones y lucha de verdad. Conoce a los tuyos y deja de hacerte el héroe que va a salvarnos a todos perdiendo la vida, porque ese papel te viene grande. Me has decepcionado. Cuando decidí luchar contigo quería comprobar las posibilidades de un hombre, pero sólo me he encontrado con un chiquillo asustado.
La decepción en sus ojos era más que evidente. Clyven creía estar luchando contra un nombre inteligente. Inexperto, sí, pero con la cabeza suficiente para saber aprovechar sus ventajas. Y se había encontrado con aquello. Sabía que en el fondo era fuerte, pues había sobrevivido a las torturas de Sheil y, seguramente, a las de Falon. Pero necesitaba algo más. Para sobrevivir a aquella batalla necesitaban a un líder capaz de sobrepasar sus propios límites, de cubrir las debilidades de unos con las ventajas de otros, de guiarles a la victoria.
Kael hervía de rabia. Las palabras del lobo se le clavaban como dagas en su confusa mente, pero aquella mirada… Eran casi los ojos de su padre, despreciándolo por ser tan débil, por no ser mejor, por ser suficiente. No estaba dispuesto a soportarlo, ¡no de Clyven! No era nadie para juzgarlo, y… Su furiosa mente dio con una idea con que enfrentarse a él.
Clyven seguía mirando al joven mago. Ese chico conocía al enemigo y podía trazar una estrategia... pero no conocía a sus aliados, no sabía qué les movía, más allá de la recompensa prometida. Ni siquiera era consciente del poder que poseía. Necesitaba un último empujón y, aunque fuese cruel, él estaba dispuesto a dárselo. Su vida y las de su familia estaban en juego.
-Dime, Kael... ¿qué harás cuando la mitad de nosotros hayamos muerto por tu culpa? 
-Fuerza de Teissner -susurró el muchacho con los ojos clavados en él. 
Clyven parpadeó al ver al chico rodearse de un aura roja; la misma que había visto en él cuando le fuera a atacar por primera vez. Le vio mantener su mirada cargada de furia un instante, antes de echar a correr hacia él. Fue a su encuentro. 
Un instante antes de encontrarse, se desvaneció; su puño hendió el aire mientras volvía a notar su presencia a su lado. La vara lo golpeó en la espalda, descargando sobre él una enorme cantidad de energía que lo hizo trastabillar. 
De pronto el lobo notó una sensación de lo más desagradable: perdió el control de sus brazos, que de pronto cayeron inertes a ambos lados de su cuerpo. 
"Te van los ataques físicos… veamos qué puedes hacer sin tus brazos"
Una mano que destilaba electricidad fue al encuentro de su hombro mientras Clyven se giraba; y tras retroceder, el extremo de la vara apuntó hacia él emitiendo un rayo de luz que golpeó cruelmente su estómago. De pronto la velocidad de conjuración del muchacho se había multiplicado, sus hechizos eran más potentes y sus fuerzas parecían restituidas. 
El lobo retrocedió e intentó recuperar el control de sus brazos, pero fue inútil. Con un rugido, Kael impulsó una mano abierta en su dirección y una violenta descarga de energía atravesó su pecho y su espalda, tirándolo al suelo. 
De inmediato lo apuntó con su vara, el extremo brillando salvajemente. 

La hechicera oscura, que hasta entonces había observado la pelea en silencio, con Niké en el regazo, desvió la mirada hacia Feryn. Sus ojos habían seguido cada movimiento del lobo, cada golpe asestado, cada impacto recibido. Siempre atenta a los ojos del lobo, el mejor indicador que tenía de cuándo debía intervenir. Cuando Clyven se hallaba acorralado, pero acorralado de verdad, sin una esperanza clara de escape, su parte animal se hacía con el control, el instinto de supervivencia utilizaba su último recurso: la furia del licántropo. Y justo cuando eso ocurría, apenas unos segundos antes de que todo el poder de la bestia se desatase, los ojos de Clyven se volvían ambarinos.
Lo había visto. Apenas un instante, pues el mercenario había logrado controlarse y sus ojos habían vuelto a la normalidad, pero la furia estaba allí, esperando el instante preciso para ser liberada.
-Tenemos que detenerles o estaremos todos en problemas -sentenció, al tiempo que apartaba a la niña de ella, y se puso en pie-. No te muevas de aquí, cariño.
Avanzó con paso firme hacia el lugar donde Kael golpeaba a placer al guerrero isleño, con el brazo derecho extendido y la mano abierta, formando un ángulo que dejaba su mano a la altura de sus caderas. Su capa negra ondeaba tras ella a cada paso. Cerró los ojos un instante, deteniéndose, y al abrirlos, dirigió con un seco ademán la mano hacia Kael. Un brillo rojizo salió de entre sus dedos y se estrelló contra la vara del mago, siendo inofensiva para él, pero lo suficientemente certera para desviar su cayado.
-¡¡Ya basta!! ¡¡Detente Kael!! -la voz de Feryn apoyaba los actos de la bruja, que se había colocado entre ellos, de espaldas a Kael, y envolviendo a Clyven en un cálido abrazo.
Pegó la cabeza del lobo contra su pecho, arrodillándose a su lado, murmurando suaves palabras en su oído. Todo había acabado y Clyven tenía que calmarse. El mercenario cerró los ojos y se relajó entre los brazos de su mujer, siendo consciente en ese instante de lo mucho que le dolía todo el cuerpo. Aquella pelea ponía fin a unos largos días en los que había traicionado a un poderoso mago durante una batalla, había pateado el boque sin descanso en busca de Niké, había cargado con Pallas y Kael de regreso al campamento, había salido a cazar y había vuelto a recorrer los alrededores con Namarië, para intentar dar con Kael. Apenas había dormido y hacía tiempo que no exigía a su cuerpo todo aquel esfuerzo físico, sobre todo el tener que controlar a la bestia que llevaba en su interior. Así pues, decidió que se había ganado un buen descanso y ¿qué mejor para relajarse que dejar que la mujer que amas te cubra de mimos y atenciones? 
-Leyren, Namarië -las llamó la bruja-. Necesitaré ayuda para moverlo.
Clyven chasqueó la lengua con fastidio. La ayuda de Leyren y Namarië sería muy útil para curar sus heridas, pero eliminaba todo el erotismo de las manos de la bruja recorriendo su piel, limpiando sus heridas. Casi al instante, Niké corrió hacia ellos y asió la mano sana  de su padre para intentar arrastrarlo. El lobo sonrió a la pequeña, se soltó de ella y le revolvió cariñosamente el cabello.
-Aún puedo moverme, Pallas -murmuró el lobo. 
-Shhh, tú sólo relájate, que vamos a limpiarte las heridas -sonrió ella, acariciándole la mejilla.
Todo había acabado... y Clyven había perdido. Al menos la pelea en sí, porque el lobo estaba extrañamente satisfecho... tanto que hasta esbozó una diminuta sonrisa al cerrar los ojos y dejarse cuidar por Pallas.

jueves, 14 de marzo de 2013

JDA VII. La ciudad entre las nubes. (IV)


Ninguno pudo creerlo cuando lo escucharon. Aquellos hombres debían de estar bromeando, aunque la seriedad de sus rostros y la solemnidad de sus palabras parecieran indicar lo contrario.
–¿Saltar? Pero no podemos hacer eso –intentó razonar Klawn–. No somos pájaros. Tal vez los habitantes de esta villa hayan logrado aprender, pero nosotros aún necesitamos varias lecciones de vuelo antes de lanzarnos al vacío.
–Es una prueba de fe, muchacho. ¿Acaso no tienes fe? -insistió el Sumo Sacerdote.
–Cuando se me pide que salte a una muerte segura, no.
Réplica tras réplica, los nervios se iban crispando. Las respuestas de Klawn eran cada vez más mordaces y, si no le interrumpían pronto, acabaría haciendo gala de la mala educación que era capaz de concentrar en su persona cuando se lo proponía. Seshai era la única que se limitaba a observar, de brazos cruzados, sin intervenir. Finalmente, la pelirroja optó por dejarles saber su opinión.
–Los humanos tenéis costumbres demasiado extrañas. ¿Qué tiene que ver que accedamos o no con nuestra presencia en la ciudad o con lo que vayamos a decir en el juicio de Francis? Dime –sus ojos permanecían fijos en Anteraas, sin un atisbo de temor o de ira hacia ese hombre–, ¿te quedarás tranquilo si uno de nosotros salta desde la muralla? Si es así, lo haremos.
–Pero Seshai…
–Déjalo, Klawn. Si es la forma de hacer que nos dejen en paz y suelten a Francis, acabemos cuanto antes. ¿Desde dónde hay que saltar?
Anteraas los guió con gesto satisfecho hasta la parte de la muralla que estaba pegada al borde de la isla flotante donde se erguía Astaroth. La unicolyan avanzaba con paso firme, ignorando deliberadamente las palabras de sus amigos sobre el riesgo innecesario al que se iban a enfrentar. Sad cerraba el grupo, callada, concentrada en calcular si Tornado podría recoger a tiempo al grupo si saltaban con la suficiente distancia.
Mandrake envió a un muchacho a buscar un grifo para tratar de evitar una catástrofe. Sin embargo, antes de que el chico hubiese podido alejarse medio centenar de pasos, antes de que Klawn se hubiese acercado al borde, antes de que Sad hubiese llamado a su montura, la larga cabellera roja de Seshai pasó como una estela de fuego ante ellos, siguiendo la carrera de la unicolyan hacia el abismo.
Un seco impulso, un salto al vacío, con los brazos y las piernas extendidos, sintiendo la resistencia del aire, que parecía querer sostener su pequeño cuerpo humano, contra la piel y moviendo con fuerza sus ropas, como si miles de dedos invisibles tratasen de arrancársela.
Las exclamaciones de los testigos de su temeridad le hicieron sonreír mientras, sobre el borde de Astaroth, el comandante pedía a gritos una montura en un vano intento de seguirla.
Fue entonces cuando un fogonazo blanco dejó a la vista de todos la forma equina de Seshai, con aquellas grandes y fuertes alas que la llevaron de vuelta a la ciudad entre las nubes.

Se posó junto a Klawn con un relincho que casi parecía una burla. El mercenario dibujó en su rostro una gran sonrisa y palmeó la cruz del animal.
–¡Qué grande eres, preciosa! ¡Una entrada magnífica! –el brillante estallido que envolvió de nuevo a Seshai al recuperar su apariencia humana le hizo apartarse un poco, mientras se sacudía las ropas.
–¿Y bien? ¿Ya estamos todos satisfechos? –los verdes ojos de la unicolyan interrogaban al sacerdote, quien, si hubiese contenido un poco más de rabia en su interior, habría explotado.
Mandrake trató de disimular su sonrisa al ver el congestionado rostro de Anteraas, pero Asgaloth rió con franqueza:
–Bien, amigo mío, Onour ha decidido.
–No ha sido la voluntad de Onour, sino magias oscuras de estos... estos...
–Oh, no, Anteraas, las criaturas que cambian de forma también son obra de nuestro Señor y él ha decidido que una de ellas llegase hasta aquí –se volvió hacia el grupo–. En fin, una vez terminada toda esta locura, por favor, acompañadme, os buscaremos un alojamiento adecuado. Sois libres de ir y venir por la villa.
Echó a andar de regreso al cuartel, seguido de los compañeros, dejando atrás a Mandrake, que intentaba aplacar el enfado del Sumo Sacerdote.

jueves, 7 de febrero de 2013

JDA VII. La ciudad entre las nubes. (III)

Anteraas entró sin llamar en el despacho de Asgaloth. Tanto él como Mandrake clavaron los ojos en el sumo sacerdote.
–Anteraas, te esperábamos –el comandante le invitó a sentarse en el lugar que quedaba libre al otro lado de su mesa, junto a Mandrake.
–Mis obligaciones me han impedido llegar antes –respondió el aludido secamente.
Asgaloth no respondió, aunque internamente se permitió pensar que los demás también tenían obligaciones que cumplir y las habían pospuesto para acudir aquella reunión que el propio clérigo había solicitado.
–Entiendo –fue lo que dijo Asgaloth–. ¿A qué se debe que nos hayas convocado aquí con tanta urgencia?
–Tenemos que solucionar el problema que ha venido junto con Francis de Gondolak –omitió el título. A sus ojos, como reo pendiente de juicio, no merecía dicho tratamiento.
–¿Problema?
El sacerdote suspiró exasperado al ver que no entendían sus insinuaciones.
–Ésos que le acompañaban.
–Ah. Sus amigos. ¿Qué problema hay con ellos?
–No pueden quedarse aquí. ¿Un vampiro? ¿Mercenarios? Su sola presencia mancilla la Ciudad Sagrada.
–Tampoco creo que sea para tanto. ¿Tú que crees, Mandrake?
–Pues creo que...
–¿Que no es para tanto? ¡¡Estamos hablando de seres que se alimentan de personas, de magia oscura, de gente que mata por dinero!! ¡Con esa calaña se relaciona! ¡Y se autoproclaman héroes! ¡Es contra lo que luchamos en nombre de Onour!
–Exageras. ¿Cuántos son? ¿Media docena? ¿Diez? Estamos en Astaroth, ni aunque lo intentasen, podrían hacernos el menor daño.
–Cuando encuentres el primer cadáver, ya será tarde para hacer nada. Y yo no me haré responsable.
Mandrake se mantenía en un discreto segundo plano. Asgaloth resopló.
–Está bien, pondré una cuadrilla adicional a hacer rondas. ¿Satisfecho?
–No. Deberíamos someterles a una prueba de su fe en Onour.
El comandante miró al mago buscando comprobar que no se había vuelto loco y, efectivamente, había oído lo mismo que él. La expresión de sorpresa de Mandrake fue suficiente confirmación.
–Anteraas, ¿a qué te refieres con una prueba de fe?
–A someterlos a la Voluntad, ¿qué si no? Los colocaremos en fila en la explanada ante la muralla –colocó las manos sobre la mesa, sobre los meñiques, enfrentadas forma que las yemas de sus dedos casi se tocaban, y las separó, arrastrándolas por la lisa superficie de madera, para trazar una muralla imaginaria–. Si Onour aprueba...
–Tirar a alguien desde las murallas de Astaroth... ¿Te has vuelto loco? –Asgaloth buscó una vez más apoyo en el callado mago, quien pasaba la vista de uno a otro, sin variar su expresión calmada.
–Someterse a la Voluntad de Onour era una práctica habitual.
–Hace más de cien años.
–Oh, vamos, vamos –prosiguió Anteraas, restándole importancia–, para eso cada aspirante a la paladín entrenaba un grifo desde que nacía. Todavía lo hacen. Se crea un vínculo entre ellos. Esa prueba permitía reforzar su unión.
–¿Y cuántos paladines han muerto inútilmente por ello? ¿Cuántos desafortunados accidentes ha habido?
–Fue la voluntad de Onour.
–Me niego a que, mientras yo sea dirigente de esta Orden se lleve a cabo esa barbarie.
–No es una barbarie. El propio Onour lo hizo.
–Onour es un dios. ¡Por Asanda! Puede caminar sobre el aire si lo desea. Él subió esta ciudad a los cielos. El resto somos simples mortales. Además, los amigos de Francis no tienen grifos.
–Les facilitaremos uno.
–No. Esos animales están para servir a Onour.
–Precisamente.
Asgaloth resopló, exasperado, volviendo los ojos hacia Mandrake con una expresión que suplicaba ayuda para no descargar la rabia contenida. El hechicero vio sobre él al mismo tiempo la inquisitiva mirada de Anteraas. Sus ojos claros pasaron de uno a otro varias veces antes de esbozar una leve sonrisa.
–Yo creo que deberíamos hacerlo.
La sonrisa triunfal que Anteraas no se molestó en disimular fue tan evidente como la sorpresa y la decepción en los ojos de Asgaloth. El orondo sacerdote tamborileó con los dedos en la mesa antes de levantarse, visiblemente satisfecho con el resultado de aquella reunión.
–Perfecto. Decidido, entonces. Si no hay nada más que tratar, voy a prepararlo todo.
Ninguno de los otros dos le retuvo. Mandrake le deseó un buen día, como hacía siempre al saludar y despedirse de alguien. Asgaloth se limitó a despedirle con un gesto impaciente de la mano, como si tenerle en su despacho le alterase. Y en realidad lo hacía.
Apenas se quedaron solos, el comandante taladró al mago con la mirada.
–No puedo creer que tú estés de acuerdo con todo esto. Es una locura.
–Y no lo estoy, amigo mío, pero ambos conocemos a Anteraas y su facilidad para conseguir que sus fanáticos y otros no tan fanáticos le sigan en sus decisiones.
–Pero esto va demasiado lejos. Tirar a alguien de las murallas…
–Asgaloth, sabes tan bien como yo que mucha gente aquí piensa como él. Tener a un puñado de mercenarios, entre los que se encuentra un vampiro, no es algo que me entusiasme. Aunque siendo amigos de Francis estaría dispuesto a dejarles hacerlo. Algo debe haber visto en ellos el muchacho y me encantaría descubrir de qué se trata. Pero hay muchas personas que les temerán y hasta podrían atacarles. Anteraas sólo pide una prueba de que Onour les acepta, aunque sea una tan extremista. Es un hombre de fe. Radical, pero fe al fin y al cabo.
–Tú y yo también somos hombres de fe.
–Si nos oponemos, no se quedará de brazos cruzados. Movilizará a sus acólitos y ya hay bastante tensión en la ciudad con la idea del Concilio. Deja que se entretenga con esto y así tú y yo tendremos tiempo de centrarnos en otros asuntos más importantes. No quiero más problemas aquí y, si complacer a Anteraas nos ayuda a ello, que así sea.
–No me gusta, Mandrake. Nunca he sido un hombre de intrigas.
–Pues en este caso tendrás que serlo. Necesitas conocer todos los campos de batalla. Y éste es el de Anteraas.
–Anteraas ya está obteniendo demasiada diversión.
–Vamos, Asgaloth, esa gente es amiga de Francis. Sabemos de lo que han sido capaces en el pasado. Sabemos que tienen recursos. Estoy más que convencido de que saldrán airosos de esta situación. Nosotros centrémonos en el Concilio.
El comandante meneó la cabeza, resignado.
–Pobre Francis. Ese muchacho ya ha sufrido mucho. No se merece todo lo que le está pasando. 
–Francis es un hombre bueno y leal, pero esa amistad tan profunda con seres oscuros, con mercenarios, con ése que lidera los Lobos de Obsidiana... Si tú muestras un ápice de preferencia hacia él, se nos echarán encima.
–No me importa lo que piensen los demás. Sabes que lo haría por cualquier otro.
–Pues debería importarte. En nuestra posición no tienen cabida los sentimientos personales. Hay que hacer lo que hay que hacer.
–Y lo estamos haciendo, vamos a someterle a la Ley de Onour. ¿No es suficiente?
–Onour sabe por qué hace las cosas –zanjó, levantándose para abandonar también aquel despacho–. Confiemos en él.
–Si yo en Onour confío, de los que no me fío tanto es de todos los hombres que dicen estar a su servicio.

Continúa en: VII. La ciudad entre las nubes. (IV)

viernes, 1 de febrero de 2013

JDA VII. La ciudad entre las nubes. (II)


La primera jornada mantuvieron la distancia, en pos de aquellas figuras aladas que se recortaban en la lejanía, en silencio, como una sombra entre las nubes. La segunda, volaron siguiendo su estela, callados y acechantes, y se detuvieron apenas a un centenar de metros de ellos. En la tercera, ya avanzaban de cerca, como si tratasen de unirse a la formación, sin molestarse en disimular su presencia o las conversaciones que animadamente se sucedían mientras surcaban los cielos de principios de primavera.
Al caer la noche, apenas la formación de grifos se posó a un lado del camino principal que atravesaba la extensa pradera, que ondeaba suavemente, como un mar en calma, salpicado de color, Seshai y Tornado aterrizaron en el lado opuesto de la franja de tierra que llegaba hasta Theemin. Klawn fue el primero en desmontar, ayudando a Sad a descender de su pegaso. Elanor y Kai liberaron de su peso a la unicolyan, quien recuperó su apariencia humana y se estiró, arqueando la espalda.
El alegre campamento que organizaron alrededor de una pequeña fogata contrastaba con la seriedad y el silencio imperantes en el otro lado del camino. Francis les observaba desde la distancia, callado, pero sin poder evitar que un amago de sonrisa aflorase a sus labios. El resto de paladines no parecían tan contentos. Algunos incluso habían hecho comentarios, molestos por la presencia del otro grupo.
El capitán, cansado de las fuertes carcajadas del mercenario mientras molestaba a Kai, los gritos de Elanor al verse en medio de la huída del muchacho y los de Sad regañando al adulto por ser peor que el niño, decidió cruzar el camino y detenerse junto al grupo, de forma que la luz del fuego le iluminase lo suficiente para ser visto.
-Buenas noches.
-Buenas noches, capitán –respondió Kalwn, dejando de frotar sus nudillos contra el pelo de Kai.
El pícaro corrió, apenas se vio libre, a esconderse tras Ela. El mercenario tomó asiento cómodamente junto al fuego, invitando al capitán a unirse a él y sus compañeros. Aunque la única que estaba sentada junto a las llamas era Seshai. Los demás se acercaron también ante la presencia del paladín.
-¿Gusta? –Klawn le ofreció los restos de la cena con un ademán cordial y la mejor de sus sonrisas. La falsedad de su gesto engañó al militar, mas no a sus compañeras, que habían visto esa mueca demasiadas veces.
-No, gracias –declinó-. ¿Qué buscan al seguirnos? ¿Pretenden atacar para liberar a su amigo?
-¿Rescatar a Francis? ¡Qué va! Se ha entregado por voluntad propia. Si le rescatásemos, tendríamos que hacer turnos para vigilar que no se nos escape y se entregue de nuevo. Es una pérdida de tiempo. Además, capitán, si quisiéramos atacarles, ¿realmente nos considera tan estúpidos como para seguirles abiertamente y viajar haciendo tanto ruido?
-Reconoce que nos están siguiendo.
-No les seguimos, capitán, sólo vamos por el mismo camino y hacemos las jornadas igual de largas, pero eso no es pecado según la ley de Onour, ¿verdad? –el gesto del paladín dejo claro que no le había gustado el tono sarcástico que había empleado.
-No. No lo es.
-Tranquilo, nos perderá de vista en cuanto lleguemos a Astaroth.
-Quiera Onour que sea pronto.
Sin alargar más la conversación, murmuró una breve despedida y regresó sobre sus pasos, agradeciendo a su dios que sólo restasen dos jornadas. 
Dos jornadas que no se diferenciaron especialmente de las anteriores.

Por fin se distinguía sobre el bosque la sombra de Astaroth, la ciudad flotante. Los grifos se posaron en la explanada de fresca hierba ante las murallas de la ciudad. Eran apenas una decena de metros los que separaban el muro de piedra del vacío, con bordes irregulares. En algunas zonas un poco más, en otras un poco menos, para mantener la línea recta en la muralla. Siempre había paladines sobrevolando alrededor de la ciudad, por si acaso alguien caía al vacío. Por mucho que la muralla se alzase una decena de metros para evitar accidentes, éstos ocurrían. Y tener a un paladín a lomos de un grifo en todo momento preparado para lanzarse en picado, podía evitar la mayoría de desgracias.
Varios jóvenes se apresuraron a hacerse cargo de los grifos mientras los paladines volvían a formar en torno al reo para escoltarle al cuartel general de la Orden. Francis miraba a todos lados con añoranza, reconociendo al paso una panadería, la herrería, una o dos tabernas... Hacía relativamente poco que había abandonado aquella ciudad, pero habían pasado tantas cosas que le parecía una eternidad. Sin embargo, apenas cruzaron la muralla y empezaron a recorrer la avenida principal, el joven caballero se percató de las miradas que iban centrándose en él y los murmullos que levantaba su presencia, escoltado por media docena de hombres, como un criminal, yendo a juicio. ¿Es que todo el mundo sabía que iba a celebrarse un Concilio contra él? La vergüenza le obligó a clavar los ojos en los talones del soldado que llevaba delante. Su mente se concentró en la forma y el color de los adoquines, en como la suela de las botas de su escolta se doblaba y estiraba sobre ellos a cada paso. Sólo elevó la vista cuando lo vio detenerse para encontrar ante sí la gran escalinata del cuartel general de la orden de Onour. Durante años había sido su hogar y ahora se le antojaba un edificio de fría y dura piedra, pero sin el calor y la grandeza que había visto en él otras veces. La ciudad entera había cambiado, sus calles, sus casas, su gente; todo era igual y al mismo tiempo distinto. Tal vez, pensó, era él quien había cambiado.

Le guiaron por los pasillos del edificio, aunque no hubiese sido necesario. Conocía el camino. Cuando se detuvieron, reconoció aquellas puertas de roble, macizas, talladas, recias, cubiertas con un barniz que las hacía más oscuras que la madera en bruto. A la altura de sus cabezas, un grifo dorado en cada hoja. Tras ellas se encontraba el despacho de Asgaloth.
Exactamente igual que lo recordaba. Los mismos muebles de madera, la misma pila de papeles que parecía no tener fin, los libros encuadernados en cuero en las estanterías del fondo... Se mantuvo tal y como habían hecho el trayecto hasta allí, en el centro de la formación, dos paladines delante, dos paladines detrás. Los cinco serios y firmes, esperando una orden de su superior, quien se hallaba junto a la ventana y se volvió hacia ellos cuando entraron.
-Mi señor Asgaloth -empezó el hombre que Francis tenía delante, a la derecha-, traemos ante vos a Sir Francis de Gondolak.
Los ojos de Asgaloth se posaron en el que no mucho tiempo atrás había sido uno de sus mejores pupilos. Su mirada no pretendía reflejar ninguna emoción, pero Francis creyó ver en ella decepción.
-Se le acusa...
-Sé muy bien de qué se le acusa, yo mismo firmé los cargos. Gracias -interrumpió el comandante. El soldado guardó silencio al momento-. Lleváoslo. Bloque seis.
Con un leve asentimiento, se llevaron a Francis hacia su celda.

Continúa en: VII. La ciudad entre las nubes. (III)